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En la mesa de muchos argentinos hay un “condimento” invisible. No lo sentimos y no lo elegimos, pero está ahí, enel plato nuestro de cada día. Este ingrediente viene incluido en los propios alimentos, en una dosis desconocida y se llama pesticida.Pero si ya sabemos que abusar de la sal es peligroso para la salud, entonces ¿qué diríamos de “excedernos” con estas sustancias? Ocurre que estos productos químicos, creados para repeler a las plagas que afectan a los cultivos, no siempre se diluyen en las zonas rurales donde fueron utilizados, sino que pueden llegar hasta nuestros hogares en forma de residuos impregnados en las verduras, frutas y carnes, con consecuencias que los estudios científicos aún no terminan de mensurar. En otras palabras, las mismas sustancias que ayudaron a combatir a las pestes para quepodamos disfrutar de una ensalada de muchos colores o escuchar el “crac” al morder una manzana, también podrían estar afectando a nuestro organismo más allá de lo tolerable.

La ONU considera que un alimento contaminado por plaguicidas no puede considerarse una alimentación adecuada. 

En los últimos tiempos, el uso extendido e intensivo de estos agroquímicos hizo sonar alarmas en la comunidad médica por los daños registrados en campesinos y poblaciones cercanas a las áreas de siembra, con el polémicoglifosato –pieza clave en la explotación sojera– como caso testigo. De la noche a la mañana, salieron a la luz testimonios de pueblos rurales golpeados por la fumigación sin control, con un registro por sobre la media deenfermedades atribuidas a esa exposición, incluidos distintos tipos de cáncer. Sin embargo, no hay tanta conciencia sobre cómo estos pesticidas persisten en los alimentos una vez puestos en las góndolas.

UN RIESGO MÚLTIPLE

A principios de año, la Relatoría Especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación detalló los peligros a los que se enfrentan los consumidores por los pesticidas. Señaló que“suelen encontrarse residuos de plaguicidas en fuentes de alimentos tanto animales como vegetales, lo cual plantea un riesgo de exposición considerable”. Y como a menudo se trata de un “cóctel” de diversas sustancias, esto incrementa el rango de toxicidad. El informe aclaró que la mayor presencia de químicos se halla en las leguminosas, verduras de hoja verde y en diversas frutas, como manzanas, uvas y fresas. Además, relativizó el éxito de las medidas de higiene hogareña: aunque lavar y cocinar los productos baje el nivel de residuos, a veces la preparación de los alimentos puede elevarlos. Por otra parte, hoy muchos plaguicidas son “sistémicos”, es decir, se absorben por las raíces y se distribuyen a toda la planta, lo que hace inútil el lavado.

Ante ese cuadro alarmante, la ONU reconoció que si bien la ciencia confirmó las consecuencias nocivas de los plaguicidas, es difícil establecer un vínculo “definitivo” entre la exposición y la aparición de enfermedades y trastornos en personas o daños al ecosistema.

 
De sesenta muestras tomadas del Mercado Central –cítricos, morrón, hojas verdes, zanahoria, cebolla de verdeo, zapallito, remolacha, berenjena, papa, cebolla y pera–, el 76,6 por ciento poseía al menos un químico entre insecticidas, fungicidas y herbicidas. 

EL PLATO ARGENTINO

Uno de los estudios más recientes en el país, “Plaguicidas. Los condimentos no declarados”, fue difundido en septiembre de 2015 por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Los datos son contundentes: de cada diez verduras y frutas que se consumen, ocho mostraron rastros de agrotóxicos.

De sesenta muestras tomadas del Mercado Central –cítricos, morrón, hojas verdes, zanahoria, cebolla de verdeo, zapallito, remolacha, berenjena, papa, cebolla y pera–, el 76,6 por ciento poseía al menos uno de los tipos de químicos analizados (insecticidas, fungicidas y herbicidas), en tanto que en el 27,7 por ciento se detectaron tres o más compuestos. Paradójicamente, el más repetido fue un insecticida prohibido desde 2013, el endosulfán. Los resultados de los más contaminados fueron: primero zanahorias, naranjas y mandarinas con 83 por ciento de residuos; segundos, con 78 por ciento, morrones; y tercero, con 70 por ciento, lechugas y acelga.

CAMBIO DE PARADIGMA

El derecho a unabuena alimentación es un concepto tan claro en la legislación internacional como lejano en la práctica. Y uno de sus obstáculos son los agrotóxicos y su uso irresponsable.

Como sintetiza la ONU, “un alimento contaminado por plaguicidas no puede considerarse una alimentación adecuada”. Por eso, a la saludable exigencia de una mayor responsabilidad por parte de los empresarios y de un más estricto control gubernamental, se debe sumar la toma de conciencia de la sociedad y la búsqueda de vías alternativas a la agricultura industrial y los pesticidas. Una de las opciones es la agroecología y su paradigma de cultivos orgánicos, libres de químicos.

Es un camino arduo y supone enfrentar a un negocio varias veces millonario, pero el objetivo lo vale: comenzar a quitar los pesticidas de nuestra mesa.

AGROECOLOGÍA: UNA ALTERNATIVA

En un mundo acostumbrado a ser fumigado pero también alarmado por sus efectos, laagricultura orgánica viene ganado adeptos, bajo la consigna de cultivar sin plaguicidas. En general, sus detractores la creen incapaz de lograr un rendimiento suficiente para satisfacer a la demanda global. En cambio, los agricultores orgánicos responden que el problema del mundo no es que falten alimentos, sino que son los sistemas no equitativos de producción y distribución los que provocan la carestía y el hambre. Por eso, proponen reemplazar a los químicos por productos biológicos, gracias al estudio integrado de la ecología de los sistemas alimentarios, incluidas las dimensiones económicas y sociales. En concreto, la protección de lo sembrado no estaría ya en los agroquímicos sino en un sistema que aumenta la diversidad biológica (rotación de cultivos) y fomenta la presencia de los enemigos naturales de las plagas. Además de generar un modelo sostenible, aseguran que esto supone un beneficio para los pequeños agricultores, que ya no dependerían de costosos insumos químicos..

 

Fuente: Revista Susana

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